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¿Sabrás que te espero en
un desierto de palabras malparidas?
Acaso en una noche en que tus manos
ayudan a un anciano a sentirse joven,
tu corazón encuentra el ritmo
zigzagueante de mi tabulador entintado
y en la danza de la diástole y la sístole
¿...sabrás que te espero?

Que puedo contagiarme de todas
las pandemias que han infestado
este mundo paralítico,
con tal de recaer en la cama
de hospital en que tu sonrisa
hace las tareas de una madre.

Que puedo colarme entre las persianas
de una tierra llamada pobreza
y hacer que mis costillas griten
melancolía capitalista,
para lograr de mi existencia
la más fragante de tus misericordias,
la más espontánea de tus lagrimas.

Y yo que te he matado con
el pobrearte de mi deseo,
te invito a esta tierra de anarquía,
desesperación y tristeza,
porque aquí es el escenario
del más puro de mis besos,
del más salado.

Pero no habites en este teatro
a pesar de mi esperanza,
yo no tengo más que tu sangre
para escribir sobre el mundo
y de esta manera hago
un camino más corto para
profanar el tranvía de tus sueños.

No te quedes con
una boca que no es tuya,
con el brazo que te arranque
para hacerlo mi guitarra.
No permanezcas
que yo te hablo de tragedia
para librarme del hechizo
onírico de tu boca.

Y después de todo,
las camas,
los enfermos, el triunfo de la muerte,
el cáncer del tiempo,
tus muertos y mis muertos
-los que nos amaron-
¿...sabrás que te espero?

Imagen: El triunfo de la muerte
Brueghel el Viejo
El rojo del semáforo me despierta unas terribles ganas de cruzar la calle hasta llenar de sangre la acera.
Ese sonido de las torres de luz gigantes es el murmullo de las sirenas eléctricas que te invitan a escalar los molinos de acero para electrocutarte.
Un día lloverán dagas en vez de gotas de lluvia y las calles de las ciudades dibujarán una Venecia de una belleza sangrienta incalculable.
Si el viento fuera realmente severo se colaría por los pequeños agujeros de nuestro cuerpo hasta reventarnos.
Una tristeza verdadera nos ahogaría en llanto salado y no pararía hasta brotar las viseras del cuerpo por los lagrimales.
Los creyentes levantan las manos al cielo e imploran porque su muerte sea digna y tranquila; dios, que no es ningún tonto, les escupe para matarlos.
La forma más tranquila de hacerlo es tirarse a la cama y esperar pacientemente a que los huesos se pudran y los gusanos nos cosquilleen los costados.
Yo entiendo la algarabía por el sonido, pero meterse un avión por las orejas taladra los tímpanos y destruye las neuronas en tan poco tiempo que apenas y respiras.
El inconsciente colectivo es una buena manera de conducirse a la nada. A través de la sensación de riesgo los humanos pueden matarse unos a otros y autodestruirse.
Lo peor del suicidio es que a uno lo acusan de ególatra. Mira que arrebatarle a los dioses la sagrada tarea de despojar el aliento.
Siempre hay días
en que quiero escaparme
contigo a algún lado.
No sé, digamos que a
un jardín botánico
en el centro de Buenos Aires,
o quizá hacia los
atardeceres de la rambla
uruguaya.
Escaparme donde sea contigo
y vivir como gatos vagamundos
en espera de eclipses.
Escaparnos sin boletos,
ni brújulas, ni reservaciones,
caminando cara al
viento y brazos a la mano.
Pero entonces te llamo
y eres un embuste de mujer,
una burócrata de las
salidas,
tus palabras no son
vagones ni días en
marcha, antes bien,
te gusta la palabra
seca y la seguridad
de tu cama,
amante fiel de las agendas
y los horarios.
Escaparme contigo
sería entonces como
desalojar las calles
para rentar un cuartito
dentro de un zoológico.

Foto: Flickr
1
A veces yo te amaba
y a veces tú tenias miedo,
era el miedo de entregar
el cuerpo sin una factura
de amor por adelantado,
pero yo te quería
y lo hacíamos en los camiones,
en la escuela y en la cama de tus padres,
no parábamos por las mañanas
y mejor por las noches;
en sábado, domingo,
y entre semana.
Por aquellos días pensabas que me querías
y decías que era por amor,
después me odiaste
pero lo seguíamos haciendo,
al final, ya no me soportabas
pero nunca cesaste las ganas.
Te gustaba mostrarte con los
otros y tenerme siempre en peligro,
me tocabas para excitarme
a espaldas de los amigos
y entre las miradas de los vecinos.
Todo fue sencillo y sin remedio,
ahora piensas que ya no me quieres,
pero aún así te entregarías con
la mejor lujuria acumulada,
y si pintáramos en rojo
todos los sitios en que hemos
fornicado,
este mundo quedaría
terriblemente ensangrentado.
Esta ciudad es fría
y con pocas lavanderías
-la chica del hostal me ha dicho
que en domingos nadie trabaja,
y es verdad, la ropa sucia
tendrá que esperar una semana más-
también es triste,
las calles largas
se revientan de soledades
y lujurias contenidas,
ni siquiera la mañana
a tientas por el subterráneo
me sabe al vino tinto
de por la noche.
Esta ciudad está cansada,
nunca encuentras nada y
todo lo que hay jamás
lo necesitas
-ni el beso de
aquella estudiante blanca
con ojeras en los pezones
se ha vuelto necesario-
Esta ciudad es lenta y
ruidosa y terca y simulada,
no hay nada que hacer por ella
o por ellos, nadie cambiaría
el maldito teatro de
lluvia vespertina y vientos
en el rostro.
Yo me encierro en la habitación
con un Cabernet barato y
una copa mal lavada,
que al final acabara rota
y yo terminaré por beber
directo de la botella
para embriagarme,
la ciudad me parece entonces
más oscura,
pese a Piazzolla
y los tangos,
la ventana escupe
rostros y tránsitos y
basura,
y en medio de la ebria soledad,
pienso que a esta ciudad
le hace falta una
buena dosis de tu sonrisa,
una milonga de tus caderas,
un discurso malogrado
de tus pestañas,
es que esta ciudad sería
radiante contigo,
incluso la lluvia
se tornaría cálida y abrazadora.
4
En ciertos poemas desafortunados
e historias de cronopios,
había leído y escuchado
de aquella turba de mujeres furiosas,
cuyo principal regocijo era decapitar a sus amantes.
Algunos ingenuos las llamaban ninfas,
otros tantos ménades,
e incluso los había los que las llamaban brujas.
Yo por mi parte, siempre había pensado
que se trataba de un mito,
hasta que una noche me tope con una de ellas.

Su nombre ni siquiera importa,
porque su aspecto majestuoso
la definía por sí misma.
Con serpientes como cabellos
y un cinturón de cascabel a la cintura,
la gorgona lanzaba sortilegios de la boca
y sus palabras envenenaban los costados.
Medusa de la era moderna,
entre las miradas de ángel y el cuerpo diminuto
escondía las garras de una arpía.
Yo no podía saber que de esas mujeres existían,
de esas que una noche te piden acostarse en tu cama,
y hierven el cuerpo por las sabanas,
arrastrando tus manos a sus pechos.
Tampoco sabía que de madrugada despertaban
y volaban por la ventana para desaparecer,
llevándose consigo tu cabeza.

Sirviendo de prevención y ayuno,
he de decir que las despiadadas vampiras
aletean sus cuerpos en la penumbra,
conspirando para arrancar la cabeza de alguna victima.
Difícil es recuperarla después de la muerte,
quizá sólo en un intercambio para otorgar
el corazón y recibir de nuevo la lucidez.
Sirva de ejemplo mi mala pasada,
de noche todos los gatos son pardos,
y también hay las mujeres con ojos de gato.

Foto jipps
"Algunos dicen que debemos eliminar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
¡POR DIOS!
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
¡Es intolerable!

¿Tratas de joderme como a los demás?
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero?
Usualmente lo sacan de los dormitorios y de los pantalones borrachos y enfermos
en el rincón.
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de 50,
pero no mis poemas.

No soy Shakespeare
pero puede ser que algún día ya no escriba más,
abstractos o de los otros.
Siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como dijo Dios,
cruzándose de piernas:
veo que he creado muchos poetas pero no mucha poesía."
0
Reposas desnuda sobre mis piernas
y con los costados de tus caderas
me muestras el destino;
tienes un resplandor que se expande
desde la punta de tu lengua
hasta la cascada de tu entrepierna.

Bruja amorosa,
no puedo saber nada de ti
ni en este ni en ningún momento;
mientras la humedad me consuela,
descubro que eres la más extraña de las extrañas,
aún siendo penetrada por mis desasosiegos.

Te deslizas seduciendo ángeles y demonios
para convertirnos en volcanes,
y me miras con esos ojos furiosos
que se pierden en el valle de los deseos,
y mientras te encargas de asesinar a la cordura,
yo sé bien que no podré poseerte de una mejor manera.

Por eso tal vez me aferro a tus corrientes,
la lluvia que de ti brota se parece tanto a ti,
tiene tu misma cara y los mismos pechos de los que bebo;
pero ahora mismo ignoro la potencia de tus gemidos,
son un cincel que no comprendo,
no sé quien eres y hacia donde te diriges.

Eres una egoísta desconocida,
nada me compartes más que los ríos de tu cuerpo,
andamos como locos al acecho de vírgenes
tocándonos los sexos sacrílegos,
pero nada me entregas de tu placer,
sino un simple y morboso suspiro de clausura.
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A los magos les gusta trabajar con un sombrero.
A las putas les da lo mismo el instrumento.
Los magos hacen aparecer de la copa
un conejo nervioso y apretujado,
o una bandada de palomas que se eleva y desaparece.

Las putas se desnudan y quedan con la carne encendida,
pero ellas saben que esa piel descubierta
en el fondo es un cuidadoso antifaz diseñado para ocultarlas.
Los magos mienten, pero la mentira es fantástica
y el acuerdo entre el público y el mago,
radica en que se debe de creer en la actuación.

Las putas no mienten, aquellos osados caballeros-consumidores
de sobra saben que todo es un simulacro,
incluso las viseras que se contraen bajo el influjo de la carne.
Los magos y las putas extasían a sus seguidores,
ambos crean magia de las mentiras
y el mundo les agradece con aplausos su imprescindible labor.

Carlos Axolotl
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A veces un cigarro es solamente un cigarro,
una mujer abierta y húmeda, es sólo una mujer,
un hombre compasivo y paciente, es sólo un hombre,
la guerra y la penumbra del hambre, son solamente el mundo.
Las palabras poéticas son solamente palabras.
No hay nada más que explicarse.
Sólo los idiotas creen en la realidad del mundo,
lo real es inmundo y hay que soportarlo.


Carlos Axolotl












Conocí aquella joven
en un café del
centro de la ciudad.
Resultó que era toda
una virtuosa,
cristiana católica,
amante de la buena música
y las leyes,
entregada a la caridad
y a la lectura de literatura chatarra.
Su sonrisa parecía
más perversa que sus palabras.
Yo fui presentado como un poeta,
un pobre poeta de palabras
agrias y pesadillas dulces.

Quizás por la poesía
o quizás por la soledad,
sino es lo mismo,
la chica de barro y miel
me acompaño a la cueva.
Un pobre poeta y
una joven de ojos
oscuramente contorneados por
las ojeras
seguían siendo sólo dos cuerpos
en una cama.
Nos regocijamos hasta la madrugada
mordiéndonos y bebiendo whisky.
Al amanecer,
la joven se hizo prescindible,
al igual que toda la parafernalia
que una noche antes le había dado
la sensualidad de un gato.

Me levante para enjuagarme
el sexo y la conciencia,
deje un par de billetes sobre el buró
para pagar al encargado del hotel,
y me marche en un taxi
sin despertarla.

Foto: z-nub